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Entrenamiento para Infantes II | FIC | 1.294 Palabras

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Entrenamiento para Infantes II | FIC | 1.294 Palabras

Mensaje por Drake K el Sáb Sep 05, 2015 11:00 pm

Era hora del entrenamiento especial, necesitaba mejorar mi nivel si deseaba encontrarme entre los mismísimos guardaespaldas del Presidente de la Organización. Me di cuenta que mi complexión física no era la mejor. Por eso me tomaría un momento para entrenar esa parte tan deficiente de mi musculatura. No solo era eso, mi velocidad necesitaba incrementarse para rivalizar con la de otros soldados más destacados, no tenía tiempo que perder, por eso, acudí a mi confiable Maestro. Era mi tío, aunque cuando entrenábamos, eso quedaba de lado, mis enemigos no tendrían piedad porque fuera un crío o porque fuera débil, entonces él no necesitaba reservarse nada. Aunque luchara a media marcha con facilidad podría quebrarme uno o dos huesos algo que no cualquiera haría sin relativo esfuerzo. Me presente al área de entrenamiento con ropas ligeras, como era usual, él ya había llegado, estaba entrenando con su espada, tranquilo y calmado. Debajo de toda esa serenidad se encontraba un tigre. Una bestia capaz de lastimar con un gran poder destructivo a cualquiera que le provocará. – Buenos días Maestro. – Le di un saludo con un tono de voz calmado, esperaba que esto bastara, después de todo era alguien que no le gustaba la impuntualidad o las faltas de respeto, aunque era muy juguetón y dinámico, se transformaba cuando la situación lo ameritaba. – Comenzaremos con algo de ejercicios para calentar. Al suelo, haremos flexiones. Ponte el lastre. – El lastres era el apodo que le teníamos a unas pesas atadas alrededor de un ajustado chaleco de combate, estaba diseñado especialmente para entrenar agregando peso extra durante los ejercicios diarios, de esa manera los músculos aumentaban su masa por mucho, dando mayor resistencia y velocidad. Normalmente, los caballeros más fuertes no destacaban por un gran tamaño o una fuerza descomunal, sino porque buscaban el balance perfecto. El exceso solía ser malo, muchos recurrían a los típicos grandes bíceps pero estos solo disminuían el poder de tus golpes. Las armas aunque aumentaban exponencialmente el daño que podrías causar, esto terminaba si no tenías la habilidad para usarla. Era diferente decirlo que hacerlo, podrías saber que la punta está diseñada para apuñalar a tus enemigos, de ahí a hacer un corte capaz de atravesar al aire o un movimiento acrobático era muy diferente. Rompiendo mis pensamientos interiores, tome aquel chaleco para pasar mis brazos por los agujeros, subí el cierre hasta arriba. Vi que mi Maestro hizo lo mismo, para luego con un gesto de su mano indicarme que me lanzará al suelo. Le imite usando mis manos como apoyo. – A la cuenta de tres, empezamos. ¿Listo? 1… 2… 3… - Tras eso baje con algo de lentitud para dejar mi cara cerca del suelo, recordaba lo que siempre me marcaba, no se trata de subir y bajar lentamente, todo era cuestión del tiempo que te mantenías suspendido, cuanto más se prolongara este, los músculos se tensarían, ejercitándolos con gran velocidad. Los primeros minutos fueron sencillos, aun con los kilos extras del chaleco, tras aquello, una gota de sudor comenzó a bajar con lentitud de mi rostro, el calor y el esfuerzo físico comenzaba a avivar nuestro sistema, este por pura reacción transpiraba para enfriar los órganos internos y mucho más, el cerebro. Era normal desmayarse o caer inconsciente cuando padecías de altas temperaturas, mientras comenzaba a poner energía en aquella tarea, escuche la siguiente orden. – Golpes, ahora, empezamos con la derecha. – Cuando indicaba golpes significaba que chocábamos las palmas, descendí con mi mano izquierda, sosteniéndome con algo de resistencia en ella, para luego extender mi mano derecha estrellándola contra la de mi tío. Luego ascendimos nuevamente, era una tarea repetitiva pero con el paso del tiempo acabaría con nuestros brazos. Normalmente esto se prolongaría durante unos veinte minutos, no es como si llevar la cuenta funcionará, o lo haces o no lo haces. Ese era el lema de nuestra casa, abandonar no era una opción, menos cuando nuestra vida estaba en riesgo. Mi Maestro fue un guerrero encarnizado, aunque ahora vivía en paz con mi tía no cambiaba el hecho de que con sus propias manos acabo con muchos enemigos, como mi tutor se aseguraba no solo de criarme, darme alimento y comprarme ropa, sino de también ponerme en forma, la suficiente como para afrontar cualquier reto que pudiera encontrarme, algunos podrían quejarse, otros podrían decir que es “maltrato infantil” pero para nosotros era una forma de hacer lazos, estar más unidos, como familia y como hombres. Solía bromear preguntándole si tejería conmigo de ser una mujer, esto le causaba mucha risa, aunque no tenía hijos agradecía tenerme como sobrino. Mi tía nos trataba como sus dos “niños” puesto que éramos extremadamente inmaduros cuando estábamos juntos, menos en el área de entrenamiento. Cualquier burla, irrespeto, dudas o sentimientos negativas se quedaban fuera. Solo podíamos progresar si nos esforzábamos al máximo. Al final, nos levantamos del suelo. Moví mis manos quitándome la tierra de entre mis dedos, con una sonrisa en el rostro, me dieron la orden del siguiente ejercicio. – Ahora postura del jinete. – La postura del jinete consistía en hacer como si te sentarás, pero obviamente sin el asiento. La espalda recta para no arruinar tu columna, esto ayudaba a evitar los dolores en toda esa área, no sería conveniente caer en posición fetal por un estirón, mientras más bajo descendieras, peor sería el azote a tus piernas. Cerré los ojos, tratando de concentrarme, con mis brazos rectos extendidos hacía el frente, ahora venía la otra parte complicada de este ejercicio. Mi maestro tomo unas tazas llenas de agua, para luego acercarse coloco una sobre mi cabeza, otras dos sobre mis brazos y otras dos más en mis piernas. Mantener una postura de tal manera que aquella taza se quedará quieta sobre mi cráneo, mientras que las piernas debían imitar a los brazos. Rectos, estables y sin ningún movimiento súbito de esta manera se evitaba que el agua se derramara. Este ejercicio era tan antiguo como los soldados, alguien capaz de tolerar largas horas en esto, terminarían desarrollando potentes piernas, perfectas tanto como para el combate y otras actividades relacionadas, como la velocidad o la agilidad. Hice esto desde pequeño siempre me costó, pero ahora la dificultada aumentaba, antes era más sencillo sin la molestia de las tazas. Ahora crecí y mi entrenamiento necesitaba crecer conmigo. Si algo existía en lo que mi tío fuera tradicional, era el entrenamiento. Los viejos caminos son los mejores, solía decir, aunque estos caminos implicarán la muerte de muchas personas para auto superarse. No lo culpo, en el fondo todos éramos animales, deseosos de sangre y de asesinarnos, los débiles mueren… Los fuertes prevalecen, después de todo, era así como nos regíamos. Los segundos parecían minutos, mientras que los minutos parecían horas, tragué saliva, aun concentrado en esta tarea. Inhalaba y exhalaba de manera controlando, tratando de no derramar ni una gota. Si lo hacía, me daban una patada en las costillas, aun no sé si eso se seguía aplicando, después de todo, no es como si me sentará bien un golpe. Aumentaba la resistencia, sí. Si me herían definitivamente no podría seguir entrenando, una dificultad para alguien cuya carrera laboral lo lleva a lugares donde sus destrezas físicas son su sustento. Esperaba que poco a poco lográramos avanzar. Por ahora, vi como mi maestro se retiraba dejándome a solas para continuar con aquella tarea. Exhale concentrándome y cerré mis ojos para comenzar a desconectar mi mente. Así, el tiempo pasaba a ser secundario. Podía sentir como la brisaba por mi cuerpo mientras me desprendía de mis emociones… ¿Cuánto tiempo me tocaría esta vez? La última sesión de entrenamiento fue una hora, tras la cual no sentí nada. Pero el siguiente día, apenas podía separarme de la cama. Quizás esta vez habría misericordia… Quizás…

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